Tengo una historia de amor y odio con el col.

Cuando era pequeña era de odio.

Rechazaba por completo su aroma y textura. A tal punto que cuando olía que era col lo que se estaba cocinando para cena, mi estómago se comenzada a retorcer del dolor, y mi mente comenzada a enmarañar pretextos para no sentarme a la mesa.

“Tal vez”, pensaba, si actúo un buen dolor de estómago, seré excusada de la cena. Pero no estaba sola en mi rechazo: mi hermano mellizo no lo detestaba menos que yo.

Mi madre por su lado sabía muy bien cómo detestaba yo el col horneado a la crema —receta típica del norte italiano.

El mellizo era muy obvio, lo cual agravaba aún más la situación y teníamos que sí o sí sentarnos a la mesa. En especial si de los mellizos se trataba, porque los asuntos “mellicezcos” eran tratados de a dos y no a nivel individual.

Luego estaba mi hermano mayor, que si bien no era un fanático tampoco de este plato vegetariano y suculento, disfrutaba, sin embargo, de la escena dramática y circense que se desplegada.

Yo era quien jugaba el papel discreto de “tragar” las emociones, los miedos, y pretender aunque lo peor del mundo debía que ser digerido, lo haría y estaba todo bien.

Pero tenía la técnica de usar agua para pasar la comida. Hasta que fui descubierta, bueno digamos que fuimos descubiertos (los mellizos).

Fue entonces que madre se paró al lado nuestro para controlar que realmente comiéramos el bendito col a la italiana (¡sin ayuda del agua!)

Llegó a ser complicado y más odioso aún el tema. Hasta el llanto llegó a verse involucrado.

El drama escaló tanto en aromas y en temperaturas.

Eramos pequeños, pero el mellizo era un maestro en crear dramas, en especial a la hora de sentarnos a la mesa. (¡Ey!, mencioné de nuestros orígenes italianos? claro, el drama nunca falta).

Ese col a la italiana tenía la capacidad inédita de hacer explotar mis sentidos … El tema es que siempre fui sensible a los olores, y al hornear el col el aroma que despedía se tornaba aún más intenso y no me estimulaba en forma positiva.

Lo cierto es que los paladares de los niños son poco sofisticados, aún no están desarrollados.

Si sus niños son mañosos a la hora de comer (además de que puedan serlo) una razón fundamental es que hay sabores y aromas que pueden ser demasiado complicados para el estado del desarrollo del paladar.

Los paladares también maduran, crecen, se desarrollan; se abren como un capullo para absorber todos los sabores.

Hoy día, uno de mis vegetales favoritos es el col. El tiempo y el paladar lograron desarrollar una historia de amor y devoción por este verde y venoso muchachín.

Col ‘al forno di crema’

Ingredientes: Sirve 2

  • 1 cabeza de col cortado en 8
  • 1 taza de caldo de vegetales o pollo, bajo en sodio
  • 1 taza de leche (o 1/2 de leche y 1/2 de crema o 1 de crema)
  • 2 cdas. harina sin procesar
  • sal y pimienta a gusto
  • 3 cucharada de mantequilla
  • 1/8 cdta. nuez moscada
  • 1/2 taza queso suizo rallado
  • 1/2 taza parmesano rallado
  • Crema o leche, cantidad extra
  • Tocino italiano, prosciutto, en trocitos (opcional)

Precaliente el horno a 350ºF.

Cocine el col en una olla por 10 minutos y cuele.

Mezcle aparte a fuego lento la leche, con la mantequilla y espolvoree en forma de lluvia la harina. Sazone con sal, pimienta y nuez moscada (otras especias, opcionales). Pase el col cocido a un molde de horneado de hierro fundido untado con mantequilla, colocando encima la salsa blanca. Vierta encima crema. Espolvoree la mezcla de quesos.

Hornee 30 minutos. Sirva.

No Responses to “Col: una historia de amor y odio”

  1. Eze dice:

    Hola! Muy linda la historia y me siento totalemnte identificado. Ni pensar que de chico me encontraria comendo col como hoy lo hago de todas las formas. Es verdad, el paladar se va madurando y abriendo a nuevos sabores. Gracias!

Leave a Reply

You must be logged in to post a comment.