Algo que me preguntan con frecuencia es cuál es mi estilo de cocina favorita, a lo que digo “italiana”; y  cuál es mi plato de comida favorito, a lo que respondo que “la pasta casera”.

Cuando digo “pasta casera” recibo reacciones diversas … de asombro, de espera y de signo de preguntas dibujados en los rostros. Pocas son las veces donde se inicia una conversación interesante debido a ello.

Todo se acaba de repente allí. “¿Qué es lo que acabo de decir?”, me pregunto. Entonces, dentro de mí, continúo alabando las grandezas de la pasta sin importar el acabar abrupto de la conversación.
Y sí, lo confieso, ¡soy adicta a la pasta! Algo que tal vez para muchos termine en un puerto de respuestas muy sencillas viniendo de alguien que es chef y escritora.

Cuando era pequeña mis locuras eran el pan y la pasta. Esa locura no ha cambiado. Como pasta hecha en casa, en restaurantes y compro pasta hecha.

Ya les comenté en alguna oportunidad que las pastas se hacían —cualquiera fueran— todas en casa. Repetía hasta no dar más.

El pan también me fascinaba. En casa se compraba de a kilos y de todos los tipos y tamaños. Y si quedaba duro, se usaba como pan rallado o se remojaba con agua y se colocaba en el horno para reavivarlo; quedaba riquísimo, crocante por fuera y tierno por dentro.

Comía pan a toda hora del día y desde temprana edad supe que nunca más podría vivir sin él. Hoy día, tampoco puedo vivir sin él ni las pastas. En casa siempre hay pan y pastas frescas y secas. El pan es algo muy simbólico; representa la vida y abundancia.

Hacer mis propias pastas me da mucho placer y satisfacción. Y no lleva tanto tiempo como marca el mito.

Pero cuando no es así, tengo disponible un lindo lote de pasta fresca en la heladera que se prepara en dos minutos y es absolutamente angelical. La pasta ha sido muy maltratada y dejada de lado en los últimos años con el tema de las dietas anticarbohidratos. Ha sido desdeñada de los almacenes y alacenas de los hogares y sustituida por todo tipo de proteína en todas sus formas y sustancias, como si fueran las culpables del sobrepeso de la gente. Todo está en la medida y cantidad.

La pasta es esencial en nuestra dieta. En ella hallará beneficiosas cantidades de proteína, hierro, vitaminas y fibra. Lo importante es que sepa qué pasta usar.

Las pastas italianas son las de más alta calidad y nivel nutritivo.

La pasta es económica y rinde en cantidades para servir en familia y en fiestas.

También es bellamente versátil para servir con carnes rojas, pescados o pollo sin importar la forma en que estos hayan sido cocidos. La pasta siempre se adapta.

En el tema de la salsa, basta la creatividad del cocinero.

En este tema nadie dicta cómo la receta debe ser, ni siquiera la receta de un libro.

Yo me crié haciendo recetas a la italiana; “un poco de esto, un tanto de aquello”.

Hoy día es así como continúo cocinando; confiando plenamente en mis sentidos e intuición.

Esta receta de pasta a la carbonara la he hecho con fettuccine al huevo pero la pueden hacer también con penne (pasta seca) —mi marca preferida es Barilla Plus por tener proteína y fibra extra.

Las cantidades y elementos pueden ser variados o modificados de acuerdo a su gusto y preferencia.

Si le gustan los espárragos o guisantes verdes, anímese a agregarle, o bien  hongos de estación —chanterelle, oyester o shiitake, o una mezcla dorada de todos.

Esta pasta es excelente con un vino tipo Resling o Pinot Noir.

Para leer más sobre las propiedades de la pasta o hacer las pases con ella, lea mi artículo “La reivindicación de la pasta”.

Pasta a la carbonara

Ingredientes: Sirve 4

  • 1 taza de crema
  • 4 huevos
  • 1 lb de fettuccine fresco
  • Aceite oliva extra virgen
  • 1 cebolla picada
  • 4 dientes ajo cortados
  • 1 ramillete cebollita verde, parte blanca cortada, reserve el resto
  • 1/2 lb ‘pancetta’ italiana
  • 1/4 lb ‘prosciutto’, cortado en pedazos
  • 1/4 lb jamón cocido, cortado en pedazos
  • Puñado perejil fresco picado

En un bol, bata la crema con los huevos. Sazone con sal y pimienta fresca. Deje aparte.

Cocine la pasta un minuto menos de lo indicado en el paquete. No tire el agua de cocción.

En una sartencita coloque la pancetta cortadita a fuego bien bajo para que se desgrase bien.

Mientras tanto, en una sartén caliente a fuego medio, coloque el aceite y saltee la cebolla con el ajo y la parte blanca de la cebollita verde. Baje el fuego. Evite que se queme.

Agregue el prosciutto y el jamón en pedacitos. Agregue la pancetta sin la grasa que haya largado. Se habrá tornado crocantita y bien sabrosa.

Revuelva bien.

Agregue la mezcla de crema de huevos. Mezcle todo.

Agregue la pasta.

Si la salsa estuviera espesa, agregue un poco del agua de cocción que dejó a un costado para aligerarla.

Corte en rodajitas la parte verde de la cebollita y espolvoree encima.

Haga lo mismo con el perejil. Sirva con queso parmesano rallado fresco.

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